Hoy salí pronto de casa. Me desperté a las diez y el sol me animó a pasear.
Fui sola, quería andar un poco, oler la primavera y dejar que me pusiera de buen humor.
Me sentía como una margarita dormida, cubierta por un manto de frío.
El calorcillo me desperezó y desplegué los brazos.
Lo echaba de menos.
Crucé varios parques donde los niños jugaban inquietos.
Había bicis por la carreterera y personas leyendo el periódico al aire libre.
Me vinieron flash-backs de cuando tenía seis años y acompañaba a mis padres los domingos por la mañana a comprar el pan. Siempre pedía el currusco, que sabía a gloria. Después, en el kiosco de Maruja me dejaban elegir un tebeo. Un Don Mickey o un Zipi y Zape. Eran mis preferidos.
En el cruce de Alfonso Molina sopló el viento. La brisa olía a mar, ya no era tan fría como días atrás, ni estaba contaminada por el tráfico.
Estar allí, con la mañana por delante, era lo más parecido a la felicidad. Es tan fácil como vivir el presente.
En mi cabeza no había sitio para más, ni iba a permitir que lo hubiese.
Cuando era pequeña, el mejor momento del día era aquel en el que me balanceaba en un columpio, levantaba la cabeza hacia el cielo y creía que podía volar. Ahora he crecido, ya no quepo en los columpios, pero desde esta esquina del mundo pretendo recrear esa sensación de libertad, donde cualquiera puede tocar el firmamento con la punta de los dedos.
Los textos publicados en este blog figuran en el registro de la propiedad intelectual y están protegidos por derechos de autor.
domingo, 20 de marzo de 2011
domingo, 6 de marzo de 2011
domingo, 6 de febrero de 2011
Cuando nos presentan a alguien...
...normalmente, encajamos a esa persona en un cuadro, teniendo en cuenta su apariencia física, su forma de vestir, su voz, sus gestos…
Nos puede caer bien o no. Eso es inmediato e inevitable y forma parte de nuestro instinto de supervivencia, el que nos dice quién es amigo o enemigo.
Sin embargo, nuestra parte racional, nos indica que las apariencias engañan, pero la mayoría de las veces no lo tenemos en cuenta.
Hace mucho tiempo que decidí dejar de lado al instinto, porque en más de una ocasión pude comprobar que se equivocaba. Siempre me llevo una primera impresión de aquel al que conozco, pero hago un esfuerzo muy grande por dejar que pase el tiempo y que los hechos me digan quién es de verdad, antes de actuar.
Gracias a eso, he hecho grandes descubrimientos y en lugar de minimizar a alguien con prejuicios, he encontrado riquezas en los demás que me han dado alegrías o todo lo contrario, desilusiones que me han llevado a poner distancia a las falsas amistades.
Una vez tuve que trabajar con un hombre que estaba a punto de jubilarse, yo tenía 27 años, llevaba cuatro en la oficina y nunca había oído hablar bien de él. Tampoco lo había visto sonreír en todo el tiempo que llevaba allí. Decían que era tosco, egoísta y arisco, que tenía muy mal humor y que era insoportable ser su compañero. Había una persona que pidió literalmente que la cambiaran de sitio para no compartir mesa con él.
Yo sólo había intercambiado cuatro frases en alguna ocasión y sus respuestas habían sido cortantes, así que estaba a la defensiva cuando él aterrizó a mi lado.
Creo que pasó medio mes, hasta que un día me dirigió la palabra:
- ¿Sabes que es esto? -me preguntó enseñándome una foto antigua. Él hacía las efemérides del periódico donde trabajaba.
- No, ¿es Coruña? ¿Dónde es?
- Es el Campo de la leña. La zona se llama así porque antes la gente acumulaba allí grandes pilas de madera para venderla, como puedes ver en la foto, cuando por entonces las casas se calentaban con chimenea. Ahora ya no tiene nada que ver, sólo le ha quedado el nombre.
- ¡Vaya! Qué bonito, no lo sabía.
- Porque eres muy joven –respondió alegre. Era la primera vez que lo veía así- pero han cambiado muchas cosas en esta ciudad. ¿Viste alguna vez los periódicos antiguos?
- Vi un número que está enmarcado en el pasillo, pero los demás dicen que están en la biblioteca pública, no los tienen en el archivo.
- Sí, pero yo los traigo de allí. Ven, mira.
Abriendo libracos más grandes que los tomos de una enciclopedia, le fuimos sacando polvo a las noticias de principios del siglo XX, en las que cada frase era impresa letra a letra, con una linotipia. Yo contaba las vivencias de mis padres y mis abuelos y él les ponía fotografías. El pasado volvía como por arte de magia.
Desde entonces, fuimos muy amigos y hablamos más de una vez del periodismo, del gran periodismo, cuando había tiempo para investigar y las palabras eran algo más que garabatos. Él había vivido esa época con pasión y la transmitía muy bien. Desde luego, era un hombre inteligente y sabía dónde estaban las buenas noticias y cómo conseguirlas.
Me sorprendió que alguien así, estuviera abandonado en el archivo y recordé todos los chismes que había escuchado de él.
Es cierto que tenía carácter y era cabezota, pero decía grandes verdades a las que nadie daba valor. Quizá el problema fuese que en esta profesión hay mucho ego y algunos no llevan bien las críticas. Pero en mi caso, aprendí más de él, que con otros.
Era exigente, pero muy buen profesor y me trataba como si fuese su nieta.
Silenciado y arrinconado durante años, entendí su amargura y su mal humor. Sólo quería que alguien le escuchara, por suerte, fui yo.
lunes, 31 de enero de 2011
El difícil equilibrio entre vida profesional y vida privada
Estamos en febrero ya y todavía no he podido darme cuenta. Desde que empecé en la asociación no he tenido ni un segundo libre, más allá de lo que necesito para respirar.
Pensé que esta situación era sólo el principio, pero, por lo que veo, es la tónica común.
Me gusta lo que hago, sin lugar a dudas. Sin embargo, creo que el trabajo, sin tiempo para estar con los tuyos o algo más básico todavía, tiempo para ti mismo, para relajarte, poder leer, escribir, escuchar música... es malgastar la vida.
Hace poco, mi amiga Carapuchiña me recordó un chiste que ya había escuchado en otra ocasión.
Un hombre mexicano estaba en la playa, contemplando el mar. Tranquilo y apacible.
La estampa llamó la atención de un turista americano que pasaba por allí con ganas de hablar.
- Perdone -dijo interrumpiendo los pensamientos del hombre ensimismado-, es que tengo mucha curiosidad, ¿usted a qué se dedica?
- Soy pescador -contestó el mexicano con una sonrisa amable.
- ¡Qué trabajo más duro...! ¿Cuántas horas le dedica al día?
- Dos o tres...
El turista sorprendido y airado no pudo contenerse:
- ¡Pero... entonces...! ¿Qué hace el resto del día?
- Pues mire, yo me levanto tarde, pesco un par de horas, juego un rato con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer y al atardecer, voy con mis amigos a tomar unas cervezas.
- ¿¡Pero cómo hace eso?! ¿Por qué no trabaja más?
- ¿Para qué? -replicó el mexicano.
- Si trabajase más, en un par de años podría comprarse un barco más grande, pasado un tiempo podría montar una factoría, más adelante abriría una oficina en el distrito federal... Después podría montar delegaciones en los Estados Unidos y en Europa. Las acciones de su empresa cotizarían en bolsa.... ¡Sería usted inmensamente rico....!
- Y... ¿para qué? -volvió a preguntar.
- Bueno, al cumplir 70 años podría jubilarse, venir aquí, levantarse tarde, pescar un par de horas, jugar un rato con sus hijos, dormir la siesta con su mujer y salir al atardecer a tomar unas cervezas con sus amigos.....
Todo es una cuestión de equilibrio. Lo difícil es escontrarlo.
Pensé que esta situación era sólo el principio, pero, por lo que veo, es la tónica común.
Me gusta lo que hago, sin lugar a dudas. Sin embargo, creo que el trabajo, sin tiempo para estar con los tuyos o algo más básico todavía, tiempo para ti mismo, para relajarte, poder leer, escribir, escuchar música... es malgastar la vida.
Hace poco, mi amiga Carapuchiña me recordó un chiste que ya había escuchado en otra ocasión.
Un hombre mexicano estaba en la playa, contemplando el mar. Tranquilo y apacible.
La estampa llamó la atención de un turista americano que pasaba por allí con ganas de hablar.
- Perdone -dijo interrumpiendo los pensamientos del hombre ensimismado-, es que tengo mucha curiosidad, ¿usted a qué se dedica?
- Soy pescador -contestó el mexicano con una sonrisa amable.
- ¡Qué trabajo más duro...! ¿Cuántas horas le dedica al día?
- Dos o tres...
El turista sorprendido y airado no pudo contenerse:
- ¡Pero... entonces...! ¿Qué hace el resto del día?
- Pues mire, yo me levanto tarde, pesco un par de horas, juego un rato con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer y al atardecer, voy con mis amigos a tomar unas cervezas.
- ¿¡Pero cómo hace eso?! ¿Por qué no trabaja más?
- ¿Para qué? -replicó el mexicano.
- Si trabajase más, en un par de años podría comprarse un barco más grande, pasado un tiempo podría montar una factoría, más adelante abriría una oficina en el distrito federal... Después podría montar delegaciones en los Estados Unidos y en Europa. Las acciones de su empresa cotizarían en bolsa.... ¡Sería usted inmensamente rico....!
- Y... ¿para qué? -volvió a preguntar.
- Bueno, al cumplir 70 años podría jubilarse, venir aquí, levantarse tarde, pescar un par de horas, jugar un rato con sus hijos, dormir la siesta con su mujer y salir al atardecer a tomar unas cervezas con sus amigos.....
Todo es una cuestión de equilibrio. Lo difícil es escontrarlo.
domingo, 5 de diciembre de 2010
Y ahora, qué
Después de conseguir mi objetivo, trabajar ¿Significa eso que voy a abandonar el blog?
Noooooooo, bajo ningún concepto.
Me va a costar ser constante, pero nada más. Sigo recopilando historias, como las que se pueden leer en las hojas caídas de los árboles o entre los cristales de esta pequeña ciudad.
En lo sencillo, lo que pasa cada día por delante de nuestras narices, está la gracia de todo. Así que continuaré buscando pistas en la calle, huellas de hadas y gigantes entre las marcas de neumático quemado. Relatos de niños que aparecen de repente, sin llamar y situaciones ridículas que decoren mi currículum.
Siempre hay algo que contar, afortunadamente.
Esta semana creo que desarrollé una, dos, tres... hasta cuatro profesiones diferentes. En mi anterior trabajo, uno de mis jefes me llamaba Laura multifunción y no le faltaba razón.
Había que preparar un acto para más de 200 personas y éramos dos para sacarlo adelante en cuestión de 14 días. Un estrés. Me costaba hasta desayunar y eso que yo no paso sin mi bol de cereales ni de broma.
Por fortuna tengo un botoncito rojo en el ombligo que activo para estas ocasiones, "Sólo en caso de emergencia", pone en letras pequeñitas y funciona, vamos que si funciona. El demonio de Tasmania es una tortuga a mi lado. La parte mala es el desgaste físico que te crea después, me pasé casi dos días durmiendo, pero mereció la pena. Todo salió bien y la empresa nos dejó hacer puente en compensación.
Gracias a eso pude ir a ver a mi hermano cantar.
El alcalde inauguraba el alumbrado de Navidad y el coro de él era el encargado de ponerle música al momento. Hacía mucho frío. Mis padres, mi amiga Elsa y yo estábamos ateridos, esperando junto a un grupo de personas que miraban expectantes al palco, sin saber qué iba a pasar.
Yo llevaba mi gorrito años 30, regalo de cumpleaños y Elsa su abrigo polar. De vez en cuando, dábamos saltitos a los lados para entrar en calor, como los gorriones.
Pero entonces surgieron las voces de los chavales, que aparecieron sobre el escenario con gorritos de Papá Noel -mi hermano también, pese a sus 20 añitos-.
Bombillas azules y blancas iban decorando árboles y plazas. La noche se iluminó y un árbol gigante al lado del Obelisco se cubrió de luciérnagas. Fueron los primeros villancicos de diciembre, mucho mejores que los de los centros comerciales. Algo para recordar.
Creo que me va a gustar este mes de diciembre.
Noooooooo, bajo ningún concepto.
Me va a costar ser constante, pero nada más. Sigo recopilando historias, como las que se pueden leer en las hojas caídas de los árboles o entre los cristales de esta pequeña ciudad.
En lo sencillo, lo que pasa cada día por delante de nuestras narices, está la gracia de todo. Así que continuaré buscando pistas en la calle, huellas de hadas y gigantes entre las marcas de neumático quemado. Relatos de niños que aparecen de repente, sin llamar y situaciones ridículas que decoren mi currículum.
Siempre hay algo que contar, afortunadamente.
Esta semana creo que desarrollé una, dos, tres... hasta cuatro profesiones diferentes. En mi anterior trabajo, uno de mis jefes me llamaba Laura multifunción y no le faltaba razón.
Había que preparar un acto para más de 200 personas y éramos dos para sacarlo adelante en cuestión de 14 días. Un estrés. Me costaba hasta desayunar y eso que yo no paso sin mi bol de cereales ni de broma.
Por fortuna tengo un botoncito rojo en el ombligo que activo para estas ocasiones, "Sólo en caso de emergencia", pone en letras pequeñitas y funciona, vamos que si funciona. El demonio de Tasmania es una tortuga a mi lado. La parte mala es el desgaste físico que te crea después, me pasé casi dos días durmiendo, pero mereció la pena. Todo salió bien y la empresa nos dejó hacer puente en compensación.
Gracias a eso pude ir a ver a mi hermano cantar.
El alcalde inauguraba el alumbrado de Navidad y el coro de él era el encargado de ponerle música al momento. Hacía mucho frío. Mis padres, mi amiga Elsa y yo estábamos ateridos, esperando junto a un grupo de personas que miraban expectantes al palco, sin saber qué iba a pasar.
Yo llevaba mi gorrito años 30, regalo de cumpleaños y Elsa su abrigo polar. De vez en cuando, dábamos saltitos a los lados para entrar en calor, como los gorriones.
Pero entonces surgieron las voces de los chavales, que aparecieron sobre el escenario con gorritos de Papá Noel -mi hermano también, pese a sus 20 añitos-.
Bombillas azules y blancas iban decorando árboles y plazas. La noche se iluminó y un árbol gigante al lado del Obelisco se cubrió de luciérnagas. Fueron los primeros villancicos de diciembre, mucho mejores que los de los centros comerciales. Algo para recordar.
Creo que me va a gustar este mes de diciembre.
domingo, 28 de noviembre de 2010
¡¡¡¡¡ESTOY VIVAAAAA!!!!!
Ahora más que nunca, quizá demasiado. El subidón de adrenalina de estas semanas no tiene nombre.
Sólo puedo decir que ahora sé lo que es volar en la pista de baile como Enrique Iglesias.
Se me disparan las neuronas y se multiplican por mil. Tengo que trabajar tanto que no tengo tiempo ni de ver los mails, ni de tener fines de semana libres y mucho menos de escribir este blog (lo cual extraño profundamente), me tardo en dormir porque pienso en todo lo que tengo que hacer al día siguiente, pero me gusta mi trabajo, ME ENCANTA.
Lo he pasado mal, es cierto, las primeras semanas -empecé el dos de noviembre y el proceso de entrevistas también fue desesperante- han sido un infierno de estrés y angustia porque no sabía si iba a poder cumplir los plazos que me ponía mi jefa, impuestos por una mala organización y chollo atrasado, pero una avalancha de amigos acudió en mi ayuda, sumando a mis dos manos unas treinta más; mi propia familia se volcó conmigo para llevarme en coche cuando fuera necesario, hacerme gestiones bancarias, recaditos varios o compartir mi desesperación cuando las cosas, en el último momento, se cayeron como un castillo de naipes. Pero después de todo, como en los cuentos, he tenido mi final feliz y ahora puedo respirar tranquila con la satisfacción de que me he superado a mí misma, sobrepasando mis capacidades y haciendo, ¡qué diablos!, ¡¡UN TRABAJO COJONUDO!!.
La que empezó siendo Cenicienta en esta aventura, ahora se ha cubierto de gloria y aspira a dominar el mundo. Nunca me había sentido tan bien. Hasta estoy pensando en crear mi propia empresa.
Soy más feliz que las endorfinas que genero.
Es verdad, no hay nada imposible. Después de un año en el paro, en el que la única esperanza laboral que podía tener era mendigar; de la noche a la mañana, tras un número incalculable de currículums enviados, cursos de formación y contactos revueltos, ¡¡me llaman del INEM!!
La única de las opciones para encontrar empleo que no estaba en mi lista (estaba apuntada, pero todos saben lo mal que funciona ese tinglado del Gobierno) y no para hacer de Mamá Noel en las fiestas, sino para ofrecerme un puesto de responsable de comunicación en una asociación sin ánimo de lucro, con un sueldo más que digno en los tiempos que corren.
Por cierto, sé que no lo he dicho, pero soy plumilla. Una plumilla fuera de lo normal y muy alejada de los clichés del periodismo, aunque eso sí, me encantan los sombreros de gánster.
Por esa razón, porque no sé vivir sin contar historias, escuchar a los demás, investigar y tomarme las cosas en serio; porque soy terriblemente sensible y nunca sería capaz de aprovecharme de nadie, ni de falsear la información para favorecer a los poderosos y empequeñecer al pueblo; no encajo con lo que los directivos de los grandes medios esperan de mí.
Así que mi sueño era salir de las leyes establecidas de la prensa y Crear, con C mayúscula, algo nuevo, en lo que la gente pudiese ampararse para intentar ser mejores cada día: más inteligentes, más críticos y más concienciados de que el futuro está en sus manos.
Quería llevar la ilusión allí donde hiciese falta, así nació este blog y así espero, desde mi asociación, seguir haciéndolo a una escala mayor.
¡¡¡¡¡¡¡TENGO TRABAJO!!!!!!!
Y no un trabajo cualquiera, un trabajo espectacular, de esos en los que te sientes completamente realizada porque puedes aplicar en él todas tus habilidades y sentirte útil por ello.
Cuando eres consciente de que algo se te da bien, puedes conseguir muchas cosas y si además, te ponen desafíos en circunstancias límite, los superas -con un coste emocional bastante alto-, pero después recibes una oleada de felicitaciones por lograr lo que parecía imposible...
Cuando eres consciente de que algo se te da bien, puedes conseguir muchas cosas y si además, te ponen desafíos en circunstancias límite, los superas -con un coste emocional bastante alto-, pero después recibes una oleada de felicitaciones por lograr lo que parecía imposible...
Sólo puedo decir que ahora sé lo que es volar en la pista de baile como Enrique Iglesias.
Se me disparan las neuronas y se multiplican por mil. Tengo que trabajar tanto que no tengo tiempo ni de ver los mails, ni de tener fines de semana libres y mucho menos de escribir este blog (lo cual extraño profundamente), me tardo en dormir porque pienso en todo lo que tengo que hacer al día siguiente, pero me gusta mi trabajo, ME ENCANTA.
Lo he pasado mal, es cierto, las primeras semanas -empecé el dos de noviembre y el proceso de entrevistas también fue desesperante- han sido un infierno de estrés y angustia porque no sabía si iba a poder cumplir los plazos que me ponía mi jefa, impuestos por una mala organización y chollo atrasado, pero una avalancha de amigos acudió en mi ayuda, sumando a mis dos manos unas treinta más; mi propia familia se volcó conmigo para llevarme en coche cuando fuera necesario, hacerme gestiones bancarias, recaditos varios o compartir mi desesperación cuando las cosas, en el último momento, se cayeron como un castillo de naipes. Pero después de todo, como en los cuentos, he tenido mi final feliz y ahora puedo respirar tranquila con la satisfacción de que me he superado a mí misma, sobrepasando mis capacidades y haciendo, ¡qué diablos!, ¡¡UN TRABAJO COJONUDO!!.
La que empezó siendo Cenicienta en esta aventura, ahora se ha cubierto de gloria y aspira a dominar el mundo. Nunca me había sentido tan bien. Hasta estoy pensando en crear mi propia empresa.
Soy más feliz que las endorfinas que genero.
Es verdad, no hay nada imposible. Después de un año en el paro, en el que la única esperanza laboral que podía tener era mendigar; de la noche a la mañana, tras un número incalculable de currículums enviados, cursos de formación y contactos revueltos, ¡¡me llaman del INEM!!
La única de las opciones para encontrar empleo que no estaba en mi lista (estaba apuntada, pero todos saben lo mal que funciona ese tinglado del Gobierno) y no para hacer de Mamá Noel en las fiestas, sino para ofrecerme un puesto de responsable de comunicación en una asociación sin ánimo de lucro, con un sueldo más que digno en los tiempos que corren.
Por cierto, sé que no lo he dicho, pero soy plumilla. Una plumilla fuera de lo normal y muy alejada de los clichés del periodismo, aunque eso sí, me encantan los sombreros de gánster.
Por esa razón, porque no sé vivir sin contar historias, escuchar a los demás, investigar y tomarme las cosas en serio; porque soy terriblemente sensible y nunca sería capaz de aprovecharme de nadie, ni de falsear la información para favorecer a los poderosos y empequeñecer al pueblo; no encajo con lo que los directivos de los grandes medios esperan de mí.
Así que mi sueño era salir de las leyes establecidas de la prensa y Crear, con C mayúscula, algo nuevo, en lo que la gente pudiese ampararse para intentar ser mejores cada día: más inteligentes, más críticos y más concienciados de que el futuro está en sus manos.
Quería llevar la ilusión allí donde hiciese falta, así nació este blog y así espero, desde mi asociación, seguir haciéndolo a una escala mayor.
¡¡¡¡¡¡¡QUE SE PREPAREN TODOS, QUE ALLÁ VOYYYYYYYYYY!!!!!!!!!
miércoles, 27 de octubre de 2010
A mi manera
Esto no es una canción, es mucho más que eso, una lección magistral de cómo hay que enfrentarse a la vida. Procuro tenerla presente siempre y forma parte de mi banda sonora, la que canturreo cuando me dejo caer por algún lado.
Me ayuda a tener la cabeza en su sitio, a saber lo que merece la pena y lo que no.
Así comprendo que los errores son habituales y forman parte del camino, que de ellos se aprende más que de los aciertos y que no se deben despreciar, porque uno a uno forman parte de ti y gracias a ellos eres como eres.
Me recuerda que el éxito no es la meta final, sino todo lo que hagas por alcanzarlo.
Por ella sé que un futuro predecible, es un futuro aburrido y que es necesario saber improvisar para disfrutar de las subidas y bajadas de tu presente, que es lo que tenemos delante de nuestras narices. Todo lo demás, afortunadamente, es incontrolable.
Tampoco dice que recorrer todas las etapas pendientes sea una tarea fácil, pero sí que nos compensará con creces intentarlo. Aconseja, pues, echarle pasión a cada instante, como si fuese el último, siempre fieles a nuestras convicciones y en la medida en la que nos lo permita nuestra imperfecta condición de seres humanos. A ser posible con humor, porque el tiempo le otorgará otra perspectiva a las cosas, por tristes que parezcan.
Pero sobre todo, lo más importante, y que según Frank, deberías tener en cuenta constantemente, es que, pase lo que pase, lo hagas siempre a tu manera.
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