Siempre busco huellas en la playa. Las veo prolongarse en el horizonte, hasta perderse entre las dunas. Cada una con su propia historia y todas mezclándose entre sí, como las propias vidas de las personas que les dan forma.
Sumergida en el grupo, sólo veo figuras que caminan, consciente únicamente de mi propia individualidad, centrada en mis cosas, como si todos los que me rodearan fueran siluetas que pasan. Nunca pienso que una de esas sombras podría estar pensando en mí.
Pero yo sí lo hago, cuando dejo mis asuntos a un lado y miro alrededor, me gusta imaginar qué hay detrás de esas huellas. Recreo formas de ser, pensamientos, profesiones, problemas... Todo un abanico de diversidad.
Lo hago con mucho cariño, como si realmente los conociera, uniendo sus gestos y su físico a un boceto en particular. Y entonces percibo cómo todo aquello en lo que meditaba se vuelve minúsculo ante tantos trazados diferentes y complejos.
Me digo que hay muchas cosas que merecen la pena. Hay tanto por descubrir...
Y lo mejor es que no estamos solos para hacerlo.
Cuando era pequeña, el mejor momento del día era aquel en el que me balanceaba en un columpio, levantaba la cabeza hacia el cielo y creía que podía volar. Ahora he crecido, ya no quepo en los columpios, pero desde esta esquina del mundo pretendo recrear esa sensación de libertad, donde cualquiera puede tocar el firmamento con la punta de los dedos.
Los textos publicados en este blog figuran en el registro de la propiedad intelectual y están protegidos por derechos de autor.
sábado, 16 de julio de 2011
domingo, 19 de junio de 2011
Un día especial
Ayer fue un día especial y no porque me quedara en casa, arrastrada, con un catarrazo del demonio o porque descubriese la intriga de la serie "Juego de Tronos", sino porque justo ese día hacía 12 años que conocí a Bieito.
Tengo que admitir que entre kleenex y kleenex, pesadez de cabeza y estornudos varios, no caí en ello, pero él me lo recordó por la mañana al día siguiente, cuando me llamó por teléfono.
Ultimamente no estamos mucho juntos.
Justo ayer era la presentación de la liga de traineras en Rianxo, donde pasó todo el día, mientras yo estaba en jaque tirada en el sofá. Hoy se tuvo que ir a Valladolid para poder resolver mañana unos asuntos de la carrera y el resto de la semana está haciendo un curso en Santiago, del que vuelve muy tarde.
Quizá, después de tantos años, el que no pueda verle no debería importarme. Entiendo que cada uno tiene que hacer su vida, cuidar a sus amigos y mantener sus aficiones. Respeto tanto su espacio como el mío. Creo que es algo fundamental en cualquier pareja...
...pero algo se encoge en mí cuando no está a mi lado.
Pareceré alegre y tranquila, como siempre. Bajaré a tomar algo y me reiré más de una vez.
Seguro que lo pasaré bien y sin embargo, una parte de mí estará proyectando su figura como si estuviera presente: qué diría, qué haría, qué cara pondría en ese momento... E inevitablemente su nombre saldrá de mi boca.
No puedo evitarlo, aún estoy enamorada.
Como una chiquilla de quince años. Feliz de sentir su mano entre las mías. Esperando a proyectarme en sus ojos, colgada de su sonrisa y mirando el móvil para ver si tengo llamadas perdidas.
No me acuesto sin escuchar su voz por la noche y me levanto alegre pensando que vendrá a verme a la oficina.
Sé que no lo suelo decir, pero lo pienso, todos los días.
Tengo que admitir que entre kleenex y kleenex, pesadez de cabeza y estornudos varios, no caí en ello, pero él me lo recordó por la mañana al día siguiente, cuando me llamó por teléfono.
Ultimamente no estamos mucho juntos.
Justo ayer era la presentación de la liga de traineras en Rianxo, donde pasó todo el día, mientras yo estaba en jaque tirada en el sofá. Hoy se tuvo que ir a Valladolid para poder resolver mañana unos asuntos de la carrera y el resto de la semana está haciendo un curso en Santiago, del que vuelve muy tarde.
Quizá, después de tantos años, el que no pueda verle no debería importarme. Entiendo que cada uno tiene que hacer su vida, cuidar a sus amigos y mantener sus aficiones. Respeto tanto su espacio como el mío. Creo que es algo fundamental en cualquier pareja...
...pero algo se encoge en mí cuando no está a mi lado.
Pareceré alegre y tranquila, como siempre. Bajaré a tomar algo y me reiré más de una vez.
Seguro que lo pasaré bien y sin embargo, una parte de mí estará proyectando su figura como si estuviera presente: qué diría, qué haría, qué cara pondría en ese momento... E inevitablemente su nombre saldrá de mi boca.
No puedo evitarlo, aún estoy enamorada.
Como una chiquilla de quince años. Feliz de sentir su mano entre las mías. Esperando a proyectarme en sus ojos, colgada de su sonrisa y mirando el móvil para ver si tengo llamadas perdidas.
No me acuesto sin escuchar su voz por la noche y me levanto alegre pensando que vendrá a verme a la oficina.
Sé que no lo suelo decir, pero lo pienso, todos los días.
lunes, 30 de mayo de 2011
¡¡Hay que ver!!
¡¡Qué de polvo se puede acumular aquí en unos meses!! Cof-cof. Voy a por un plumero...
Una se descuida, deja un tiempo de escribir... ¡Cof, cof! Y ya está todo el blog cubierto de pelusas gigantes.
Bueno, esto ya está un poco mejor, al menos distingo las letras del teclado...
¡¡Muy buenas!! ¿Qué tal? ¿Cómo andamos?
Sí, sé que he estado desaparecida. Me pesa en el alma.
La razón es que trabajo tantas horas con el ordenador que cuando llego a casa ni quiero mirar los e-mails.
Valoro mucho mi tiempo libre y necesito desconectar de tanta máquina, así que cuando libro, me voy a pasear.
El fin de semana se me va en eso. No tengo tiempo de aburrirme ni de hacer alguna otra cosa más. Desgasto las suelas de los zapatos hasta que me piden una tregua.
Mis otras aficiones, ahora, se vuelven secundarias ante la necesidad imperiosa de no pensar en nada y vaciar la cabeza para volver a empezar el lunes.
El ritmo diario es intenso porque trabajamos para 300 personas. Es imposible tener cinco minutos para organizar la mesa.
Las tareas menores se van acumulando para dejar espacio a lo importante, hasta que de repente me encuentro en una trinchera de papelotes, post-its y carpetas que no dejan espacio a mis dos ordenadores (uno es mío, que utilizo sólo para diseñar y el otro es el de la empresa, con las bases de datos y demás)
Pero a pesar de todo y de lo cansada que estoy durante la semana, por suerte, lo voy controlando, incluidos los imprevistos que surgen en el peor momento. Así que es ahora cuando, verdaderamente, disfruto de lo que hago, porque tengo tiempo para ser consciente de la función que cumplo y también empiezo a notar las consecuencias de mi esfuerzo.
No busco un reconocimiento público, lo que quiero es sembrar ilusión, que la gente se sienta activa y capaz de sacar cualquier cosa adelante. Busco medios y contactos debajo de las piedras para que lo consigan. Intento contagiarles de ejemplos y casos realistas que les motiven. Les pico aquí y allá, para que investiguen, que pregunten. Les promociono y les ensalzo para sacar en mis entrevistas lo mejor que hay en ellos y de lo que quizá no sean conscientes. Pongo pilas y recargo las mías a la vez, cuando siento que los ojos se encienden, que el mensaje llega y que nada parece tan difícil ahora.
Puedo asegurar que no destaco nada en la oficina, que nadie me pregunta ni me consulta. Soy la nueva, no tengo voz ni voto. Sin embargo, hay gente para la que trabajo que me busca con una sonrisa en la cara o que me ayuda sin pedir nada a cambio. Incluso me animan cuando meto la pata. Me saludan y me invitan a un café si me ven por la calle y no les importa de quién sea hija o con quien esté relacionada para poder compartir contigo muchas cosas.
Esa es suficientemente razón para levantarse todos los días por la mañana.
Una se descuida, deja un tiempo de escribir... ¡Cof, cof! Y ya está todo el blog cubierto de pelusas gigantes.
Bueno, esto ya está un poco mejor, al menos distingo las letras del teclado...
¡¡Muy buenas!! ¿Qué tal? ¿Cómo andamos?
Sí, sé que he estado desaparecida. Me pesa en el alma.
La razón es que trabajo tantas horas con el ordenador que cuando llego a casa ni quiero mirar los e-mails.
Valoro mucho mi tiempo libre y necesito desconectar de tanta máquina, así que cuando libro, me voy a pasear.
El fin de semana se me va en eso. No tengo tiempo de aburrirme ni de hacer alguna otra cosa más. Desgasto las suelas de los zapatos hasta que me piden una tregua.
Mis otras aficiones, ahora, se vuelven secundarias ante la necesidad imperiosa de no pensar en nada y vaciar la cabeza para volver a empezar el lunes.
El ritmo diario es intenso porque trabajamos para 300 personas. Es imposible tener cinco minutos para organizar la mesa.
Las tareas menores se van acumulando para dejar espacio a lo importante, hasta que de repente me encuentro en una trinchera de papelotes, post-its y carpetas que no dejan espacio a mis dos ordenadores (uno es mío, que utilizo sólo para diseñar y el otro es el de la empresa, con las bases de datos y demás)
foto publicada en: http://usuarios3.arsystel.com/aleszaragoza/iStock_000009700656Small1.jpg
Pero a pesar de todo y de lo cansada que estoy durante la semana, por suerte, lo voy controlando, incluidos los imprevistos que surgen en el peor momento. Así que es ahora cuando, verdaderamente, disfruto de lo que hago, porque tengo tiempo para ser consciente de la función que cumplo y también empiezo a notar las consecuencias de mi esfuerzo.
No busco un reconocimiento público, lo que quiero es sembrar ilusión, que la gente se sienta activa y capaz de sacar cualquier cosa adelante. Busco medios y contactos debajo de las piedras para que lo consigan. Intento contagiarles de ejemplos y casos realistas que les motiven. Les pico aquí y allá, para que investiguen, que pregunten. Les promociono y les ensalzo para sacar en mis entrevistas lo mejor que hay en ellos y de lo que quizá no sean conscientes. Pongo pilas y recargo las mías a la vez, cuando siento que los ojos se encienden, que el mensaje llega y que nada parece tan difícil ahora.Puedo asegurar que no destaco nada en la oficina, que nadie me pregunta ni me consulta. Soy la nueva, no tengo voz ni voto. Sin embargo, hay gente para la que trabajo que me busca con una sonrisa en la cara o que me ayuda sin pedir nada a cambio. Incluso me animan cuando meto la pata. Me saludan y me invitan a un café si me ven por la calle y no les importa de quién sea hija o con quien esté relacionada para poder compartir contigo muchas cosas.
Esa es suficientemente razón para levantarse todos los días por la mañana.
domingo, 20 de marzo de 2011
Una mañana de sol
Hoy salí pronto de casa. Me desperté a las diez y el sol me animó a pasear.
Fui sola, quería andar un poco, oler la primavera y dejar que me pusiera de buen humor.
Me sentía como una margarita dormida, cubierta por un manto de frío.
El calorcillo me desperezó y desplegué los brazos.
Lo echaba de menos.
Crucé varios parques donde los niños jugaban inquietos.
Había bicis por la carreterera y personas leyendo el periódico al aire libre.
Me vinieron flash-backs de cuando tenía seis años y acompañaba a mis padres los domingos por la mañana a comprar el pan. Siempre pedía el currusco, que sabía a gloria. Después, en el kiosco de Maruja me dejaban elegir un tebeo. Un Don Mickey o un Zipi y Zape. Eran mis preferidos.
En el cruce de Alfonso Molina sopló el viento. La brisa olía a mar, ya no era tan fría como días atrás, ni estaba contaminada por el tráfico.
Estar allí, con la mañana por delante, era lo más parecido a la felicidad. Es tan fácil como vivir el presente.
En mi cabeza no había sitio para más, ni iba a permitir que lo hubiese.
Fui sola, quería andar un poco, oler la primavera y dejar que me pusiera de buen humor.
Me sentía como una margarita dormida, cubierta por un manto de frío.
El calorcillo me desperezó y desplegué los brazos.
Lo echaba de menos.
Crucé varios parques donde los niños jugaban inquietos.
Había bicis por la carreterera y personas leyendo el periódico al aire libre.
Me vinieron flash-backs de cuando tenía seis años y acompañaba a mis padres los domingos por la mañana a comprar el pan. Siempre pedía el currusco, que sabía a gloria. Después, en el kiosco de Maruja me dejaban elegir un tebeo. Un Don Mickey o un Zipi y Zape. Eran mis preferidos.
En el cruce de Alfonso Molina sopló el viento. La brisa olía a mar, ya no era tan fría como días atrás, ni estaba contaminada por el tráfico.
Estar allí, con la mañana por delante, era lo más parecido a la felicidad. Es tan fácil como vivir el presente.
En mi cabeza no había sitio para más, ni iba a permitir que lo hubiese.
domingo, 6 de marzo de 2011
domingo, 6 de febrero de 2011
Cuando nos presentan a alguien...
...normalmente, encajamos a esa persona en un cuadro, teniendo en cuenta su apariencia física, su forma de vestir, su voz, sus gestos…
Nos puede caer bien o no. Eso es inmediato e inevitable y forma parte de nuestro instinto de supervivencia, el que nos dice quién es amigo o enemigo.
Sin embargo, nuestra parte racional, nos indica que las apariencias engañan, pero la mayoría de las veces no lo tenemos en cuenta.
Hace mucho tiempo que decidí dejar de lado al instinto, porque en más de una ocasión pude comprobar que se equivocaba. Siempre me llevo una primera impresión de aquel al que conozco, pero hago un esfuerzo muy grande por dejar que pase el tiempo y que los hechos me digan quién es de verdad, antes de actuar.
Gracias a eso, he hecho grandes descubrimientos y en lugar de minimizar a alguien con prejuicios, he encontrado riquezas en los demás que me han dado alegrías o todo lo contrario, desilusiones que me han llevado a poner distancia a las falsas amistades.
Una vez tuve que trabajar con un hombre que estaba a punto de jubilarse, yo tenía 27 años, llevaba cuatro en la oficina y nunca había oído hablar bien de él. Tampoco lo había visto sonreír en todo el tiempo que llevaba allí. Decían que era tosco, egoísta y arisco, que tenía muy mal humor y que era insoportable ser su compañero. Había una persona que pidió literalmente que la cambiaran de sitio para no compartir mesa con él.
Yo sólo había intercambiado cuatro frases en alguna ocasión y sus respuestas habían sido cortantes, así que estaba a la defensiva cuando él aterrizó a mi lado.
Creo que pasó medio mes, hasta que un día me dirigió la palabra:
- ¿Sabes que es esto? -me preguntó enseñándome una foto antigua. Él hacía las efemérides del periódico donde trabajaba.
- No, ¿es Coruña? ¿Dónde es?
- Es el Campo de la leña. La zona se llama así porque antes la gente acumulaba allí grandes pilas de madera para venderla, como puedes ver en la foto, cuando por entonces las casas se calentaban con chimenea. Ahora ya no tiene nada que ver, sólo le ha quedado el nombre.
- ¡Vaya! Qué bonito, no lo sabía.
- Porque eres muy joven –respondió alegre. Era la primera vez que lo veía así- pero han cambiado muchas cosas en esta ciudad. ¿Viste alguna vez los periódicos antiguos?
- Vi un número que está enmarcado en el pasillo, pero los demás dicen que están en la biblioteca pública, no los tienen en el archivo.
- Sí, pero yo los traigo de allí. Ven, mira.
Abriendo libracos más grandes que los tomos de una enciclopedia, le fuimos sacando polvo a las noticias de principios del siglo XX, en las que cada frase era impresa letra a letra, con una linotipia. Yo contaba las vivencias de mis padres y mis abuelos y él les ponía fotografías. El pasado volvía como por arte de magia.
Desde entonces, fuimos muy amigos y hablamos más de una vez del periodismo, del gran periodismo, cuando había tiempo para investigar y las palabras eran algo más que garabatos. Él había vivido esa época con pasión y la transmitía muy bien. Desde luego, era un hombre inteligente y sabía dónde estaban las buenas noticias y cómo conseguirlas.
Me sorprendió que alguien así, estuviera abandonado en el archivo y recordé todos los chismes que había escuchado de él.
Es cierto que tenía carácter y era cabezota, pero decía grandes verdades a las que nadie daba valor. Quizá el problema fuese que en esta profesión hay mucho ego y algunos no llevan bien las críticas. Pero en mi caso, aprendí más de él, que con otros.
Era exigente, pero muy buen profesor y me trataba como si fuese su nieta.
Silenciado y arrinconado durante años, entendí su amargura y su mal humor. Sólo quería que alguien le escuchara, por suerte, fui yo.
lunes, 31 de enero de 2011
El difícil equilibrio entre vida profesional y vida privada
Estamos en febrero ya y todavía no he podido darme cuenta. Desde que empecé en la asociación no he tenido ni un segundo libre, más allá de lo que necesito para respirar.
Pensé que esta situación era sólo el principio, pero, por lo que veo, es la tónica común.
Me gusta lo que hago, sin lugar a dudas. Sin embargo, creo que el trabajo, sin tiempo para estar con los tuyos o algo más básico todavía, tiempo para ti mismo, para relajarte, poder leer, escribir, escuchar música... es malgastar la vida.
Hace poco, mi amiga Carapuchiña me recordó un chiste que ya había escuchado en otra ocasión.
Un hombre mexicano estaba en la playa, contemplando el mar. Tranquilo y apacible.
La estampa llamó la atención de un turista americano que pasaba por allí con ganas de hablar.
- Perdone -dijo interrumpiendo los pensamientos del hombre ensimismado-, es que tengo mucha curiosidad, ¿usted a qué se dedica?
- Soy pescador -contestó el mexicano con una sonrisa amable.
- ¡Qué trabajo más duro...! ¿Cuántas horas le dedica al día?
- Dos o tres...
El turista sorprendido y airado no pudo contenerse:
- ¡Pero... entonces...! ¿Qué hace el resto del día?
- Pues mire, yo me levanto tarde, pesco un par de horas, juego un rato con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer y al atardecer, voy con mis amigos a tomar unas cervezas.
- ¿¡Pero cómo hace eso?! ¿Por qué no trabaja más?
- ¿Para qué? -replicó el mexicano.
- Si trabajase más, en un par de años podría comprarse un barco más grande, pasado un tiempo podría montar una factoría, más adelante abriría una oficina en el distrito federal... Después podría montar delegaciones en los Estados Unidos y en Europa. Las acciones de su empresa cotizarían en bolsa.... ¡Sería usted inmensamente rico....!
- Y... ¿para qué? -volvió a preguntar.
- Bueno, al cumplir 70 años podría jubilarse, venir aquí, levantarse tarde, pescar un par de horas, jugar un rato con sus hijos, dormir la siesta con su mujer y salir al atardecer a tomar unas cervezas con sus amigos.....
Todo es una cuestión de equilibrio. Lo difícil es escontrarlo.
Pensé que esta situación era sólo el principio, pero, por lo que veo, es la tónica común.
Me gusta lo que hago, sin lugar a dudas. Sin embargo, creo que el trabajo, sin tiempo para estar con los tuyos o algo más básico todavía, tiempo para ti mismo, para relajarte, poder leer, escribir, escuchar música... es malgastar la vida.
Hace poco, mi amiga Carapuchiña me recordó un chiste que ya había escuchado en otra ocasión.
Un hombre mexicano estaba en la playa, contemplando el mar. Tranquilo y apacible.
La estampa llamó la atención de un turista americano que pasaba por allí con ganas de hablar.
- Perdone -dijo interrumpiendo los pensamientos del hombre ensimismado-, es que tengo mucha curiosidad, ¿usted a qué se dedica?
- Soy pescador -contestó el mexicano con una sonrisa amable.
- ¡Qué trabajo más duro...! ¿Cuántas horas le dedica al día?
- Dos o tres...
El turista sorprendido y airado no pudo contenerse:
- ¡Pero... entonces...! ¿Qué hace el resto del día?
- Pues mire, yo me levanto tarde, pesco un par de horas, juego un rato con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer y al atardecer, voy con mis amigos a tomar unas cervezas.
- ¿¡Pero cómo hace eso?! ¿Por qué no trabaja más?
- ¿Para qué? -replicó el mexicano.
- Si trabajase más, en un par de años podría comprarse un barco más grande, pasado un tiempo podría montar una factoría, más adelante abriría una oficina en el distrito federal... Después podría montar delegaciones en los Estados Unidos y en Europa. Las acciones de su empresa cotizarían en bolsa.... ¡Sería usted inmensamente rico....!
- Y... ¿para qué? -volvió a preguntar.
- Bueno, al cumplir 70 años podría jubilarse, venir aquí, levantarse tarde, pescar un par de horas, jugar un rato con sus hijos, dormir la siesta con su mujer y salir al atardecer a tomar unas cervezas con sus amigos.....
Todo es una cuestión de equilibrio. Lo difícil es escontrarlo.
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