Mi cuerpo no quería ir a Urgencias del CHUAC,
se resistía, ya se imaginaba algo de lo que se iba a encontrar, pero el médico
del centro de salud de la Casa del Mar que me atendió primero, no las tenía
todas consigo y necesitaba que me hicieran unas pruebas. Así que allí nos
fuimos a las seis de la tarde, preparados para lo que pudiera pasar.
Justo ese día acababan de inaugurar una nueva planta de
4.000 metros cuadrados para ampliar el complejo hospitalario, pero el personal
no había aumentado.
“Llevo desde las ocho de la mañana trabajando y mi turno se
acaba a las cuatro de la mañana”, me contaba la doctora que me atendió,
mientras intentaba abrir con todas sus fuerzas una gran puerta corredera
amarilla que no iba. Era uno de los numerosos box, como los llaman ahora,
pequeñas salas de atención al paciente, “más bien zulos”, dijo ella.
-
Tenemos ordenadores en cada uno, pero
desconocemos dónde van los papeles si le damos a imprimir. Nos han soltado aquí
a monte y no nos han explicado ni cómo organizarnos ni dónde está nada. Siento
muchísimo las molestias.
-
- No te preocupes -le dije- Es normal el primer
día.
Una gotita de sudor empezaba a resbalar por mi frente.
-
- Túmbate en la camilla. Voy a bajar esto. ¿Será
esta palanca? Mmmm… No. ¿Y esta? Tampoco. Tú no te asustes. Es que las camillas
son nuevas también. Bff… Aún por encima tenemos a una enfermera para cuatro box
y hay que salir a buscarla cada dos por tres. ¿Será esta otra? ¡Bingo!
Después de examinarme, acabó saliendo a buscar a la
enfermera para un análisis de sangre. Tras un buen rato, vino una con un
carrito y otra detrás de ella.
-
Me quedé sin material. Ya el que nos dieron es
de mala calidad y aún por encima, escaso. ¿Me podrías dejar algo?
-
- Sí, mujer, coge lo que necesites.
-
- Ay, menudo día. Mira que llevo tiempo rezando:
Ay, Diosiño, Diosiño, no me mandes para Urgencias. Y esta mañana, ¡zasca! Me
llaman del hospital. Pues sabes que te digo, ¡que no le rezo más!
Mi madre y yo no podíamos contener la risa.
- ¡Es que es mucho, eeh! ¿Y los periódicos?, ¿qué
dicen los periódicos? Pues que todo va bien. ¡Claro!, como hablan con los
directivos… pero ellos no están aquí ahora. Les digo una cosa, hasta que pase
algo. Yo prefería lo de antes, porque era un caos, pero era un caos organizado.
Al menos sabías cuántos pacientes estaban esperando. Ahora están todos
repartidos por ahí adelante y es un descontrol. De verdad, si pueden ir
contando cómo lo estamos pasando, se lo agradecemos.
Y se fue toda apurada por el pasillo adelante.
Cuando terminó la extracción, la doctora mandó que me
inyectaran suero y se puso a gritar por los pasillos si había algún celador
libre para que me llevara a rayos.
- Si hay pocas enfermeras, hay menos celadores
–dijo.
De repente frenaron en seco a uno como quien para un taxi y
al cruzar el laberinto de calles, entendí lo que estaba pasando. El personal
directamente tenía que dar paseos de investigación para reconocer las distintas
áreas de urgencias sin perderse. Los celadores hacían de guías a su paso con
las camillas y las sillas de ruedas. Las unidades donde se suponía que debían
estar las enfermeras para atender el teléfono estaban vacías, porque tenían que
asistir a los médicos y hojas y etiquetas de expedientes se imprimían allí sin
que nadie las recogiera, hasta que alguna aparecía corriendo y…
-
- No, ¡estas etiquetas no eran las que quería!
–decía, con cara trágica.
Y volvía a desaparecer por los corredores infinitos. El
sistema informático también daba sus problemas.
Las quejas eran una constante, no quedaba títere con cabeza.
Aquello se parecía cada vez más al camarote de los hermanos Marx, pero en
versión gigante.
-
- Porque nos organizamos nosotros, que si no…
-decía el celador.
-
- Oye, ¿tú sabes dónde puede estar la solicitud de
ambulancia para este paciente? –le preguntó uno de los conductores que le salió
al paso.
-
- No tengo ni idea.
-
- Es que si no,
no me puedo llevar a este señor a su casa. Me han llamado, pero no hay
nadie aquí.
-
- Vas a tener que buscar a las enfermeras en los
box.
-
- Pffff… Vaya día.
Al llegar a las cabinas de rayos, de todas las que había, sólo funcionaban dos y la chica que me atendió no tenía a ningún asistente para mover a aquellos pacientes que no podían hacerlo por sí mismos. Allí esperé una hora y eso que ella iba muy rápido.
Tras las radiografías, me recogió en silla de ruedas una
enfermera por pena, después de otra media hora, porque los celadores estaban
desaparecidos y me llevó a sillones.
-
- Te llevo de un caos a otro –me dijo.
Allí esperé desde las ocho hasta las doce de la noche para
que me examinara cirujía. Los comentarios caían por doquier.
-
- Espacios diáfanos, espacios diáfanos… ¡¿Y las
papeleras?!
-
- ¡O los cajones!
-
- Es que no quedan bonitos, mujer.
-
- ¿Alguien tiene un boli?
-
- Mira, con esta extensión, ¿con quién estoy
hablando?
-
- ¿Se oye bien en la sala de espera cuando
llamamos a los familiares?
-
- No
La luna estaba llena y roja y yo tenía mucha hambre.
-
- Mira, podríais pedirle el jersey a mis padres
que tengo frío –le dije a una enfermera.
-
- Te traigo una manta. ¿Tenemos mantas? –le
preguntó a su compañera.
-
- No. Vete arriba a por unas cuantas y las ponemos
encima de la mesa, porque ¡como no hay cajones!
Después de cirujía y su negativa a abrirme, lo cual fue un
gran alivio. Estuve en sillones una hora más esperando a los de medicina
interna para ver si me tenían que ingresar o no. A la una y pico salí del
hospital.
-
- Si podéis, contad cómo estamos, porque esto es
insoportable. Lo sentimos mucho, pero es que nos han dejado solos.
-
- Descuida, lo haré.
Me faltó guiñarle el ojo. Si no fuera por los profesionales que se dejan la piel y atienden cada día como pueden el hospital, no sé qué pasaría.










